
Cuando dentro de unos siglos los jóvenes en edad escolar se acerquen por vez primera a la Historia o visiten museos para contemplar esas reliquias denominadas libros, me gustaría pudieran leer la siguiente inscripción: La revolución que triunfó en el siglo XXI fue el Humanismo.
“¡Qué libertad, qué alegría la de poder navegar hacia lo desconocido, contra viento y marea, a pesar de los sistemas e ideologías reinantes” (Changeux)
Sería el mayor logro jamás alcanzado por el hombre. Un nuevo estadío que proclaramara a los cuatro vientos cardinales una nueva era donde gobernara la conciencia crítica. Donde la persona se dejara llevar sólo por la luz que alumbra toda dignidad y valor humano, un razonamiento lógico que desarrollara el afán por la literatura y otras artes, una nueva cultura por bandera.
Una revolución social de tal magnitud despertaría la inquietud por el “saber”, un hambre de conocimiento basado en el argumento, la discución y la filosofía como paso previo al dictamen de toda razón, de toda acción, una razón inherentemente suprema, capaz de albergar comprensión en la metafísica de la expresión humana más ancestral.
Aunque la aparente materialización y deshumanización de nuestra época se debe a una radicalización científica como modo de entender la vida, capaz de marginar y censurar cualquier otro tipo de posibilidad, la negación del propio ser humano no puede seguir quedando de lado en esta “era del relativismo”.
Como aspirar a la supremacía del hombre social si todo lo que fundamenta los pilares de la superación personal, de la conducta serena y responsable, son mitigados por una fe de “relativismo”, donde todo vale. “Tengo estos principios y si no les gusta, los puedo cambiar”.
Por consiguiente, un relativismo absolutamente dominante que da pie a una crisis moral y de valores, un desapego a lo racional y a lo humano, una progresiva materialización del ser humano, producto tangible e intercambiable.
La libertad requiere responsabilidad y formación para poder ejercerla. El relativismo ha hecho que se entienda libertad como libertinaje, la cercanía como falta de respeto, el conocimiento como diferenciación de clase social, …
El humanismo se ofrece como selección natural para mitigar y erradicar los problemas de hipocresía, indeferencia, pobreza, violencia y demás desajustes sociales provocados por este síntoma en el que todo parece no tener demasiada importancia, salvo aquello que parece tenerla y, en realidad, es despreciable.
* Entrada reproducida originalmente en este blog el 11 de Junio de 2009.










