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El origen de la desigualdad (Jean-Jacques Rousseau) Enero 21, 2009

Posted by bitdrain in Historia de la Filosofía y el Pensamiento, Reflexiones.
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Fragmentos extraídos de  ¿CUAL ES EL ORIGEN DE LA DESIGUALDAD ENTRE LOS HOMBRES?, ¿ESTA ELLA AUTORIZADA POR LA LEY NATURAL?

[..] ¿cómo conocer la fuente de la desigualdad entre los hombres, si antes no se les conoce a ellos? Y ¿cómo llegará el hombre a contemplarse tal cual lo ha formado la naturaleza, a través de todos los cambios que la sucesión del tiempo y de las cosas ha debido producir en su complexión original, y distinguir entre lo que forma su propia constitución y lo que las circunstancias y su progreso han añadido o cambiado a su estado primitivo? Semejante a la estatua de Glauco, que el tiempo, el mar y las tormentas habían de tal suerte desfigurado que parecía más bien una bestia feroz que un dios, el alma humana, alterada en el seno de la sociedad por mil causas que se renuevan sin cesar, por la adquisición de una multitud de conocimientos y de errores, por las modificaciones efectuadas en la constitución de los cuerpos y por el choque continuo de las pasiones, ha, por decirlo así, cambiado de apariencia hasta tal punto, que es casi incognoscible, encontrándose, en vez del ser activo que obra siempre bajo principios ciertos e invariables, en vez de la celeste y majestuosa sencillez que su autor habíale impreso, el deforme contraste de la pasión que cree razonar y el entendimiento que delira. Y lo más cruel aún, es que todos los progresos llevados a cabo por la especie humana, la alejan sin cesar de su estado primitivo. Mientras mayor es el número de conocimientos que acumulamos, más difícil nos es adquirir los medios de llegar a poseer el más importante de todos; y es que, a fuerza de estudiar el hombre, lo hemos colocado fuera del estado conocible. Fácilmente se concibe que en estos cambios sucesivos de la constitución humana, es donde hay que buscar al origen primero de las diferencias que distinguen a los hombres, los cuales son, por ley natural, tan iguales entre sí, como lo eran los animales de cada especie antes que diversas causas físicas hubiesen introducido en algunas de ellas las variedades que hoy notamos. En efecto, no es concebible que esos primeros cambios, cualquiera que haya sido la manera como se han operado, hayan alterado de golpe de igual suerte todos los individuos de la especie, sino que, habiéndose perfeccionado o degenerado los unos y adquirido diversas cualidades, buenas o malas, que no eran en lo absoluto inherentes a su naturaleza, hayan permanecido los otros por largo tiempo en su estado original. [..]

[..] Del concurso y de la combinación que nuestro espíritu esté en estado de hacer de estos dos principios, sin que sea necesario el de la sociabilidad, es de donde me parece que dimanan todas las reglas del derecho natural, reglas que la razón se ve obligada en seguida a restablecer sobre otras bases, cuando, a causa de sus sucesivos desarrollos llega hasta el punto de ahogar la naturaleza. [..]

[..] Considerando la sociedad humana con mirada tranquila y desinteresada, me parece que no se descubre en ella otra cosa que la violencia de los poderosos y la opresión de los débiles. El espíritu se rebela contra la dureza de los unos o deplora la ceguera de los otros, y como nada es menos estable entre los hombres que estas relaciones exteriores que el azar produce más a menudo que la sabiduría y que se llaman debilidad o poder, riqueza o pobreza, las sociedades humanas parecen, al primer golpe de vista, fundadas sobre montones de arena movediza. [..]

[..] A pesar de cuanto digan los naturalistas, el entendimiento humano debe mucho a las pasiones, las cuales débenle a su vez también mucho. Mediante su actividad nuestro corazón se perfecciona, pues ansiamos conocer porque deseamos gozar, siendo imposible concebir que aquel que no tenga ni deseos ni temores, se dé la pena de razonar. Las pasiones son el fruto de nuestras necesidades y sus progresos el de nuestros conocimientos. [..]

[..] Habiendo tenido la felicidad de nacer entre vosotros, ¿cómo podría meditar sobre la igualdad que la naturaleza ha establecido entre los hombres, sobre la desigualdad que ellos han instituido, sin pensar en la profunda sabiduría con que la una y la otra felizmente combinadas en este Estado concurren, de la manera más semejante a la ley natural y la más favorable a la sociedad, al mantenimiento del orden público y al bienestar de los particulares? [..]

[..] Yo habría querido vivir y morir libre, es decir, de tal suerte sumiso a las leyes, que ni yo ni nadie hubiese podido sacudir el honorable yugo; ese yugo saludable y dulce que las cabezas más soberbias soportan con tanta mayor docilidad cuanto menos han sido hechas para soportar ninguno otro. Yo habría querido que nadie en el Estado pudiese considerarse como superior o por encima de la ley, ni que nadie que estuviese fuera de ella, pudiese imponer que el Estado reconociese, porque cualquiera que pueda ser la constitución de un gobierno, si se encuentra en él un solo hombre que no sea sumiso a la ley, todos los demás quedan necesariamente a la discreción de él [..]

[..] Los pueblos, una vez acostumbrados a tener amos o señores, no pueden después vivir sin ellos. Si intentan sacudir el yugo, lo que hacen es alejarse de la libertad, tanto más cuanto que, tomando por ella el libertinaje o el abuso desenfrenado que les es opuesto, sus revoluciones los llevan casi siempre a convertirse en sediciosos, no haciendo otra cosa que remachar sus cadenas. [..]

[..] Yo habría buscado un país en donde el derecho de legislación fuese común a todos los ciudadanos, porque, ¿quién puede saber mejor que ellos bajo qué condiciones les conviene vivir reunidos en una misma sociedad? [..]

[..] Ninguno de vosotros es tan poco instruido para ignorar que en donde cesa el vigor de las leyes y la autoridad de sus defensores, no puede haber ni seguridad ni libertad para nadie. ¿De qué se trata, pues, entre vosotros, sino es de hacer con gusto y con confianza lo que de todos modos estáis obligados a hacer por verdadero interés, por deber y por razón? [..]

[..] Es a vosotras a quienes corresponde mantener siempre con vuestro amable e inocente imperio y por vuestro espíritu insinuante, el amor a las leyes en el Estado y la concordia entre los ciudadanos; reunir por medio de felices matrimonios las familias divididas, y sobre todo corregir con la persuasiva dulzura de vuestras lecciones y con las modestas gracias de vuestras pláticas, las extravagancias o caprichos que nuestra juventud va a adquirir en otros países, de donde, en lugar de aprovechar de tantas cosas útiles que existen, no traen sino, revestidos de un tono pueril y aire ridículo, aprendidos entre mujeres perdidas, la admiración de yo no sé qué pretendidas grandezas, frívolas compensaciones de la servidumbre, que no valdrá jamás lo que vale la augusta libertad. Sed, pues, siempre lo que sois, las castas guardianas de las costumbres y de los dulces lazos de la paz, y continuad haciendo valer en toda ocasión, los derechos del corazón y de la naturaleza en beneficio del deber y de la virtud. [..]

Comentarios»

1. ciberneticaeterna - Enero 22, 2009

No termino de estar de acuerdo con el Sr Rousseau en el carácter “proteccionista” que el estado deba ejercer sobre el ciudadano. Ni en su visión bondadosa en el acuerdo de las “voluntades” humanas.
La igualdad por la igualdad, como tal, carece de sentido.

2. juan david - Junio 4, 2009

me gusta la forma de pensar de rosseau